• Andrea Abreu

Yo quería una desgracia



Texto publicado el 5 de abril en la colección 'Árboles frutales' de Adrián Viéitez.


De chiquitita soñaba catástrofes. Quería una ola gigante como una pared de mar tragándose la isla entera, tragándosela como una boca redonda y larga masticando una papa guisada, empezando por la playa San Marcos y terminando con el Teide. Por la mañanita temprano me sentaba en el borde del banco de tea de la cocina de abuela, justo frente a la ventana. Con el jarro de aluminio de tío Salva, cogía un poco de agua del aljibe. Empezaba a beber como si me estuviese tragando un veneno. Ponía mucha atención en la forma del mar ennegrecido. El mar, allá abajo, en el último tramo de mundo que alcanzaba con la vista, tan lejano y ajeno. Tragaba como un caboso aglugluglú. Fuerte hasta fabricarme una marejada dentro de las tripas.


Apretaba el cerebro con violencia y de repente sentía cómo el océano se iba poquito a poco levantando en una capa, un manto enorme como el de La Morenita. El tsunami era real: las campanas de la ermita de la Virgen del Rosario salían flotando, las cabras y los baifitos danzaban por encima de trozos de planchas de acero desprendidos de los corrales, las raíces de los pinos asomaban entre la espumita blanca de la ola. Los pinos dados vuelta. Los nidos, las piñas, la pinocha apuntando al fondo.

A veces la ola inmensa también iba acompañada de la explosión del Teide y eran dos desgracias en una. Me imaginaba la lava como un polo de mango derritiéndose dentro de mi ombligo en un día de agosto. La lava tenía que ser algo pegajoso y dulce. Encima de la isla nacía otra isla que nos sepultaba. ¿Ay, Dios, y ahora cómo nos salvamos?, me preguntaba cuando la catástrofe había adquirido una dimensión terrorífica, cuando mi propia fantasía me controlaba. Yéndonos pa la Gomera en un barco, me respondía. En un momento construía la imagen de nosotros huyendo en una chalana. A la barquita le poníamos el motor del BMW azul marino metalizado de mi padre, para que corriera más rápido. Íbamos cruzando la distancia entre Tenerife y la Gomera tan rapidísimo que parecía que nos alzábamos por encima de la faz del agua. Volando, volando como pescados voladores, mientras unos altavoces reproducían la voz de Romeo: Si antes de inventarse el amor yo ya te estaba amando, ni el amor de Romeo y Julieta llegó a ser tan grande.


De chiquitita deseaba partirme las piernas. Tener un accidente de coche. Que me escayolaran el cuerpo todo entero para luego pintarme las escayolas con rotuladores fosforescentes, para tener que comer potaje de berros con cañita, para que me dijeran pobrecita, miniña, ¿quieres un fisco de dulce? Verme recubierta con letras de canciones de Aventura y corazones con flechas I (L) Andrea y dibujos deformes de la cara de Pucca rodeados de corazones con flechas. Ser huérfana. Que a mi madre la mataran unos cazadores de un escopetazo. Perderme para siempre dentro de un Hiperdino y que me encontrase una cajera toda cagada y meada detrás de unos congeladores. Convertirme en protagonista de su compasión por unas semanas: besos, regalos, beibiborns con huequito para la pipi, un saco de papas rebosando de galletas Tirma de chocolate negro y bocadillos de chorizo perro con huevo frito. Deseaba que nos explotase una bomba. Que nos reventase a todos por los aires. Que viniese un huracán como en las películas, una ventolera que nos escachase a todos como conejos reventados. Una desgracia que me dejase a mí sola. A mí. Yo. Yo y el mundo desértico. Yo y una jauría de gatos negros y amarillos asalvajados.

El fin del mundo era un lugar hermoso para habitar. Las desgracias nos dejaban sin escuela. Mi madre no tenía que ir a trabajar a los hoteles del sur y yo podía jugar horas infinitas a las barbis o ver Pasión de gavilanes sin sentirme mal por no estar haciendo la tarea. Un futuro privado de leyes, obligaciones y clase obrera. Si te pasan cosas malas, eres más importante, sabes más que las otras personas.

Pero resultó que no. Lo que yo no sabía de chiquitita era que la catástrofe no se parecía en nada a un barquito con motor de bemeta avanzando por las aguas doradas del Atlántico. Que el terror no iba a ser una escapada a tiempo con un sol radiante acariciándonos la frente. La catástrofe fue la crisis. Y mi madre y mi padre quedándose sin trabajo al mismo tiempo. La catástrofe fue una llamada que decía Juani, Fifito se cayó pescando. Fue la cabeza de una niña estrellándose contra el fondo de una piscina y abandonándonos a una vida toda agrietada.

Ese incendio de 2008 que casi nos deja sin casa. Resultaron ser los perros y las cabras y los conejos chamuscados en medio del monte. Las mujeres llorando y gritando: Ay, Díos mío, qué clase de desgracia fue esta. La catástrofe era yo corriendo descalza y sin pantalones por la calle. Fue la angustia por salvar a los gatitos más pequeños. Dormir en una casa ajena sin saber si mis padres todavía estaban vivos. Era mi madre apagando el fuego con una manguera de regar la huerta. Era mi madre tapándose la boca con un paño viejo de cocina enchumbado en agua porque el humo no les dejaba respirar. Era mi madre tapándose la boca y la misma frase rondándonos la cabeza: Sus, yo nunca pensé que nos iba a pasar esto.


114 vistas

Tel. 699 566 632  I  andreaabreulo@gmail.com

© 2020 by andrea abreu. Proudly created with Wix.com

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now