• Andrea Abreu

Ser gogó



Relato publicado el 23 de enero de 2018 en Oculta Lit.


Yo pensaba en un señor musculado, sin camisa, apoyado en una pared de ladrillos con uno de sus brazos detrás de la nuca, muy depilado y con un mechón de pelo mojado delante de la cara. Y eso era el polstergeit en mi mente: lo sensual, lo prohibido, la lascivia, el pitido de la señal roja del no recomendado para menores de 18. Cuando era pequeña, pensaba que un polstergeit era un póster gay, un afiche un tanto pornográfico, y que por eso mis padres no me dejaban ver la serie de CD sin carátulas que mi primo había descargado de Internet —en aquellos años locos del eMule— y que tenían escrito con rotulador azul Polstergeit I, Polstergeit II y Polstergeit III.

Siempre hubo un desfase entre los chistes de mis amigos y los míos. Cuando los otros veían Shin-Chan, yo Las tres mellizas; y mientras ellos se acostaban tarde embriagandose de las coletillas de Física o Química o Rebelde Way y se contaban sus impresiones a través de MSN, yo me erotizaba en la intimidad, sin televisión. Hacía lo que podía con lo que tenía. Me dedicaba a bailar delante del espejo de mi habitación alternando modelitos de ropa, de los que estaban en el cajón de abajo del armario: los que no se podían llevar al colegio ni al instituto.

Fueron años de trabajo duro delante del espejo, repasando expresiones y movimientos de carácter sensual a los que no sé cómo conseguí tener acceso. Minutos, horas, días, semanas de intercambiar mis meneos con aquel espejo alargado y con las Barbies y peluches que reposaban desnudos sobre mi cama, para darme cuenta de que yo quería la adoración. Deseaba que los otros me viesen agitarme como Shakira y pensasen: «Oh, Dios, baila como los ángeles».

Primero las Barbies, luego el mundo sería testigo.

12.00 p.m. Camino decidida con mi chaqueta de pana y mi vestido de lentejuelas rosa en dirección Chueca. Ya allí, me deslizo por la calle de Las infantas y atravieso La plaza de Pedro Zerolo, alcanzo la San Marcos y continúo hasta la esquina con la calle Barbieri, la calle del lugar al que me dirijo: Studio 54, un pub/disco de ambiente gay, muy estrecho y caluroso que mezcla reguetón con música comercial. Justo cuando me encuentro al inicio de la Barbieri, me doy cuenta de que he dado una vuelta muy absurda y de que podía haber tomado directamente esta calle desde la de Las infantas, pero me lo perdono a mí misma y me digo que vengo de una isla en la que ser pragmático está muy mal visto. Que mejor guiarse por el instinto y no consultar el Google Maps.


Antes de salir de casa me he tomado una botella de vino blanco.


Yo.


sola.

¿Que qué hago? Les estoy narrando la historia de mi gran día. La duda esencial: ¿quién soy? Para empezar por el principio, debo decir que soy periodista. Tengo 23 años recién cumplidos. Periodista cultural para ser más exacta. Pero jamás recibí un duro por una entrevista o un artículo. Hace algunos meses que he venido a vivir a Madrid. Soy de las  Islas Canarias. Ahora vivo en un barrio que tiene más basura por metro cuadrado que una planta de reciclaje. Se preguntarán por qué cuento mi vida, qué que puede haber de interesante en ella. Pues verán, amigos: nada. Tan solo la vida misma. La vida que no es más que esto: la purpurina y el látex, el alcohol y el dolor de cabeza. El día en el que me convertí en gogó.

Sí. Esta es la historia del día en que fui una diva.

1.00 a.m. Soy peor, la canción de Bad Bunny ha sonado cinco veces seguidas y yo ya no sé si lanzarme por la ventana. No hay ventana. Continúo restregandome y sudando. Hay dos señores con camisa blanca de lino contoneándose de una forma muy divertida justo a mi lado. Aprietan sus barrigas cerveceras una contra la otra, haciendo pequeños círculos concéntricos. En ocasiones pienso que, si continúan de esa forma, acabarán por fusionarse y convertirse en un único señor barrigón pero aún más grande y divertido. Un grupo de chicas se acaba de aproximar a mí y me hacen señas con los dedos al estilo Saturday Night Fever, para que me una el juego. Lo hago, pero, en realidad, pienso que es imposible seguir el ritmo del reguetón como si fuésemos John Travolta. Se ríen. Una de ellas se me acerca tanto que no tengo apenas espacio. Salgo de allí. Me dirijo a la calle. Necesito un poco de aire.

Muy a menudo pienso en lo que nos hacen la noche y la soledad de una habitación propia. Y me pregunto algo que una vez leí en un libro de Clarice Lispector: "¿soy un monstruo o esto es ser una persona?".

2.04 a.m. Después de interrogarle diez veces seguidas acerca de la localización del baño —porque no era capaz de asociar las ideas en mi cabeza—, el portero me informa de que esta discoteca cierra a las tres y media de la madrugada.


2.30 a.m. He conocido a un chico muy simpático que se llama Edu y que dice que le gustan los hombres pero que no le gusta que tengan pluma. Que los quiere que parezcan machos y que los coños le dan asquito. Yo tengo coño. Estamos en la salida del baño y ya siento que no puedo quedarme quieta mirando a un punto fijo. Edu y otro amigo suyo me agarrran del hombro y se cuentan cosas obscenas. Sus palabras procaces traspasan mis oídos como si yo fuese el hilo que va entre esos dos vasos de plástico que se usan para jugar el telefonito. Me deslizo como una serpiente malvada en un óleo de Alberto Durero y salgo de allí a toda prisa. Llego al centro del barullo.


Continúa la fiesta.

Recuerdo un día, delante del espejo de mi habitación, en el que yo estaba intentando copiar aquellos pasos tan complicados que recordaba haber visto en un videoclip de la MTV. Era una coreografía extraña, de esas en las que no sabes identificar si lo que estás haciendo es realmente bonito. Como cuando no tienes las competencias necesarias para determinar si un cuadro es bueno o si una escultura es más bien parecida a una caca de perro. Resulta que, ese día, descubrí dónde se sitúa la delgada línea que separa las cosas hermosas de las desagradables. Mientras yo hacía mi coreografía, que podríamos llamar estilo Jackson Pollock, por primera vez, me planteé la posibilidad de no disfrutar de la exposición pública de mí misma. Por primera vez, pensé en las desventajas que podría conllevar bailar o actuar para los demás. De lo negativo de ser una diosa. ¿Qué hubiera pensado la gente de ese baile? ¿Habrían sentido tanto asco como yo sentí, en ese momento, por mis pequeñas y delgadas piernas? ¿Por mi incipiente vello? ¿Por mi cara llena de granos? ¿Por esas cejas enormes, casi negras, que parecían tener vida propia?

3.15 a.m. Ahora el vaho de las bocas jadeantes de toda esta gente me calienta los pulmones como un vaporizador que alguien me pusiese delante de la cara. Por fuera estoy fría. El sudor se ha condensado encima de mis hombros, de mi cuello. Me contoneo. El movimiento es grácil. Mi vientre es un espacio infinito de sensaciones. Siempre soñé con este momento. Bailar dentro de una masa amorfa de purpurina, pitillos de cuero, pluma y reguetón. Esta es la contaminación que deseo. Acopio cuerpos sudorosos dentro de mi nariz. Respiro el aire cargado de la humanidad en estado salvaje.


Soy gogó.


Pero para llegar a este momento ha pasado mucho. Para llegar a esta parte de mi vida, antes, tuve que aprender el miedo.

Al fin y al cabo, ser gogó es bastante parecido a ser periodista. Todos esperan de ti que les entretengas. "Cuéntame, cuéntame más", "Venga, baila, diviérteme". Trasnochas de la misma manera. La gogó tiene MDMA debajo de la lengua, la periodista se agarra a la taza de café como un escalador aprieta los dedos en las grietas de la pared escarpada. Es esa necesidad de hacerme pública, de que todos me miren y me digan: "¡Brava, qué buen artículo!", "¡Brava, mueves el culo como Jennifer Lopez en On the Floor!". Es ese desasosiego por recibir la aprobación del otro. La ansiedad por conseguir un cumplido y pensar: "ya está, valgo la pena".

3.30 a.m. Las pocas personas que aún quedaban sobre la tarima se han bajado y me han dejado completamente sola. Tengo flato de tanto perreo pero no me detengo. Alguien grita:


—¡Las 3.27 a.m., te queda poco tiempo!


Sigo hasta abajo. El Dj acaba de poner Dale Don Dale y siento que voy a morir de éxtasis. Todos me miran, como en mis sueños de adolescencia. Soy su diosa. Ahora mismo, si quisiera, podría hacer que se arrodillasen y me tirasen flores, podría ordenarles, incluso, que se dispararan los unos a los otros y lo harían con gusto.

Un vez, mi madre abrió la puerta de mi habitación mientras me ponía un vestido rojo de gasa con brillantes, que había usado en una obra de teatro y que tenía relleno en la parte del pecho. "¿Adónde vas con eso?", dijo ella. "A ninguna parte, mamá", le respondí. "Lo uso para bailar una canción".

4.00 p.m. La discoteca no cierra. Nunca. Estaré aquí dentro el resto de mi vida, si es necesario.

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