• Andrea Abreu

Nueve cosas que aprendí sobre la menstruación leyendo 'Esta es mi sangre'



Reseña publicada el 3 de octubre de 2018 en Oculta Lit.


La niña que está sentada a mi lado tiene especial interés en lo que estoy leyendo. Piensa que no me doy cuenta, pero cada vez se aproxima más a mi hombro. Me roza, zarandea las piernas, levanta la vista y lee. Y lee: "Mi primer encuentro con un tampón tuvo lugar en 1973, dos años antes de que me viniera la regla. Mi hermano, que entonces tenía ocho años, había encontrado en el armario de mi madre una caja de Tampax, y los había usado como cañones para jugar a los soldaditos. Mi madre consideró que había llegado el momento de explicarnos lo que era la regla. Mi hermano sacó una conclusión que todavía hoy nos hace reír: ‘Entonces, ¿si un día veo a una mujer que sangra, eso no significa que la han asesinado?’".


La niña continúa leyendo y yo inclino la hoja —en concreto la 117— para que termine de hacerlo. Le estoy entregando lo prohibido y me siento una salvadora. "Ojalá yo hubiese podido leer esto con su edad", pienso.


En el asiento de enfrente, su madre la observa. Mientras, su hermana menor, que está sentada al lado de su madre, abre las piernas y muestra el pañal que tiene debajo del vestidito de felpa, un pañal que la mujer se empeña en tapar constantemente, enseñando las reglas del pudor a la bebé. Ya, completamente acomodada en mi hombro, la niña curiosa saborea las últimas líneas de la página y se incorpora. Mira a su hermana, de nuevo con el pañal al aire. La niña curiosa parece decepcionada. En principio, su cara era como de estar leyendo la palabra ‘sexo’ en el diccionario. Ahora, se ha puesto triste y yo me pregunto por qué. Por qué nos pone tan tristes este asunto de la regla. Y por qué, de repente, al ver su cara y la de su madre y la de su hermana, me siento tan culpable por haberla dejado leer un poco del libro. Por qué me siento como si le hubiese mostrado algo obsceno o malvado.


No sé si alguna vez han tenido la sensación de estar leyendo un libro prohibido. Un libro que dice cosas que, por alguna razón, el mundo no ha querido que sepas, pero que eran fundamentales para tu compresión de la realidad. Hablo de ese tipo de libros que una lee rápido y con ansia, con un poco de miedo, tal vez, o de vergüenza. Hablo de esos libros —suelen ser libros feministas— que te enseñan lo que, de verdad, necesitabas saber y que nadie te había explicado.


Recuerdo haber leído La Celestina o El Lazarillo de Tormes o Tom Sawyer en el instituto, justo en los años en los que la regla era algo horrible y vergonzante —no demasiado lejos de lo que sigo sintiendo hoy en día— y pienso que, ojalá hubiese tenido una asignatura o al menos una profesora o un profesor que me hubiesen explicado qué ocurría con nuestros cuerpos y entornos en aquellos días en los que vivíamos con pánico de manchar la silla y nos pasábamos los tampones por debajo del pupitre como quien se pasa droga —no demasiado lejos de lo que nos sigue ocurriendo hoy en día—.


Una profesora o un profesor que nos hubiesen dado un libro como este que tengo en las manos: Esta es mi sangre (Hoja de Lata, 2017), una especie de manual sobre la menstruación escrito por la periodista y feminista francesa Élise Thiébaut que, con gran sentido del humor y de la didáctica, hace un repaso por los mitos y creencias que han existido en torno a las reglas a lo largo de la historia, por sus características y por las formas actuales de afrontarlas, partiendo de su experiencia personal, marcada por la endometriosis.


Un libro que me ha regalado varias anécdotas graciosas en el transporte público y que, ahora, me hace pensar en la cabecita de la niña que se apoyó en mi hombro para leer la página 117. Y en si, alguna vez, alguna persona que menstrúe podrá tener el derecho de vivir sus reglas de una forma sana y positiva. Y mientras pienso en eso, escribo:

Nueve cosas (pongo nueve pero aprendí muchas más) que aprendí sobre la menstruación leyendo Esta es mi sangre


1. Plinio el Viejo, uno de los personajes más influyentes de la historia del pensamiento occidental, recogió en su Historia natural algunas cosas muy graciosas que él y muchos pueblos de la época creían que la sangre menstrual provocaba. Algunos ejemplos son: echar a perder las cosechas, marchitar las plantas, hacer caer la fruta de los árboles, pegarle la rabia a los perros que beban de ella o hacer que las hormigas tiren los granos que llevan a cuestas y no los quieran más.


2. Esas cosas tan graciosas han traspasado la barrera de los años y han llegado hasta nuestros días haciéndonos creer, aún, que la sangre de la regla es tóxica, sucia. Hipócrates, conocido como el padre de la medicina, es uno de los grandes ideólogos de esta falacia. El señorito griego observó, muy agudo, que muchas mujeres padecían migrañas, dolores y cambios de humor antes del sangrado y, por ello, concluyó que era necesario para el cuerpo evacuar una cierta cantidad de sangre para eliminar los "humores nocivos".


3. Tomás de Aquino es otro que se las trae. Según él y otros señores cristianos, la Virgen María nunca tuvo la regla. El filósofo aseguró que si alguna vez la Virgen sangró, su sangre fue muy pura, que no tenía nada de menstrual. Además, Thiébaut explica que la prohibición de tener sexo con la regla tiene, en buena medida, una base religiosa. Entre los credos que lo vetan está (¿cómo no?) el judeocristiano. Una parte del Antiguo Testamento recoge que si un hombre se acuesta con una mujer sangrante, quedará contaminado, impuro, por siete días.

Pero, a pesar de lo mucho que se han empeñado en afirmar que la sangre menstrual es nociva, la ciencia ha demostrado que nada de eso es cierto. Y por tanto, no es necesario expulsar sangre. La regla no tiene una finalidad concreta, más que la de avisar de "un fracaso reproductivo".


4. Otra cosa muy interesante que recoge la escritora feminista en su libro es la posibilidad de que la famosa histeria de mediados del siglo XIX, de la que aún todavía nos siguen diagnosticando cuando hablamos más de la cuenta, podría haber sido perfectamente la endometriosis. Y que esos desmayos, esa pesadez abdominal o esos dolores de cabeza eran reales, pero que se producían por esta enfermedad que, en la actualidad, sigue sin diagnosticarse correctamente.


5. El endometrio pasa de medir 0’5 milímetros en el quinto día del ciclo menstrual, a medir 5 milímetros justo antes del sangrado. Si esa no es una razón para estar dolorida y enfadada, díganme cuál.


6. Los sangrados que experimentamos cuando tomamos la píldora NO SON LA REGLA. Hace algún tiempo una amiga me comentó que por qué no continuaba tomándome la píldora en los días de descanso y así no sangraría cuando no tuviese ganas. Me pareció una idea estúpida y sinsentido. ¿Cómo iba a ser eso posible, si TENGO que tener la regla?, pensé. Lo cierto es que, como anota la periodista, lo que ocurre entre blíster y blíster es "solo el resultado de una bajada de hormonas que desencadena la señal del sangrado, pero no evacúa mucosa endometrial ya que, privada de ovulación, esta no ha experimentado su gran operación de tapizado menstrual".


7. Eso de mantener nuestra sangre fuera de la vista ajena no siempre fue así. Thiébaut recuerda que durante el siglo XIX era común que las mujeres del campo la dejasen correr libremente mientras trabajaban. Además, como imagen para la historia, Esta es mi sangre recoge aquella vez, en 2015, en que la artista Kiran Gandhi decidió correr la maratón de Londres sin usar ningún tampón ni compresa en el primer día de su regla, mostrando, así, la mancha granate de su sangre en las mallas.


8. Las protecciones periódicas desechables (compresas, salvaslips, tampones) no están obligadas a responder a las mismas normas que los productos cosméticos y no tienen que pasar controles sanitarios. Se ha probado en numerosos estudios que estas protecciones pueden contener trazas de sustancias potencialmente cancerígenas, como la dioxina, pesticidas o herbicidas.


9. Una persona con la regla gasta, de media, unos 2.500 euros en protecciones periódicas durante los casi 40 años que dura su vida menstrual.

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