• Andrea Abreu

Crónica de un regreso a casa



Crónica personal publicada el 4 de marzo de 2019 en Oculta Lit.


Volver a casa es como hacer turismo del propio pasado. Visitar el lugar donde naciste y que ahora solo te pertenece a medias. Tu cama es solo una cama a medias. Tu cuarto se convierte en el cuarto de las cosas que estorban: la plancha, las toneladas de ropa por doblar, los ventiladores viejos, chaquetas de cuando tu padre tenía dieciocho años y estaba más delgado que tú, algunas corbatas con dibujos horrorosos, corbatas que se usaron en bodas de personas que ahora ya no se quieren o que, tal vez, nunca se quisieron.


Hace dos días que volví de Madrid. Aquí, a mi barrio. Al barrio que me vio dar mis primeros pasos de baile a ritmo de reguetón. Al barrio que me dio mis primeras noches de borrachera, mis amigas más divertidas y, ahora, las más ausentes. Un barrio con un nombre muy particular que, en absoluto, caracteriza a sus habitantes: Los Piquetes. Un barrio en el que está localizado uno de los tubos volcánicos más grandes de la Tierra —en concreto: el más grande de la Unión Europea y el quinto más grande del planeta entero, después de una serie de túneles volcánicos hawaianos— y en el que la gente vive como si eso no fuera algo de lo que extrañarse o algo de lo que, al menos, sentirse orgulloso. Un barrio en lo más alto de un municipio de casi 23.000 habitantes de la isla de Tenerife: Icod de los Vinos. 28°21′N 16°42′O, también conocido como La ciudad del Drago.


*


Aquí todo sigue igual: mi abuela come papas casi todos los días. Mi tío abuelo le cambia la lechuga y el agua al canario, le lava el bote mantequilla que usa como bañera y le cierra de nuevo la jaula, para que no escape, para que no se vaya.


Al mediodía, mientras almorzábamos y escuchábamos las noticias de la televisión, el presentador habló de un cargamento de droga que unos narcotraficantes habían escondido debajo del mar.


—Sus, ¡debajo del agua! —dijo mi abuela—. ¿Y no se les echa a perder?

Aquí lo de la droga es lo de menos. Siempre ha sido lo de menos. Aquí lo que importante es que las cosas no se echen a perder.


*


Todo sigue igual, todo sigue igualito. Pero yo ya no encajo. El tiempo no se mueve. Parece que se quedó paralizado ante algún hecho importante. Por alguna causa que desconozco. Solo los niños y las niñas que jugaban en la calle crecieron. Tienen carné. Tienen coche. Nadie los ve: solo existen tras la trinchera de los cristales tintados del Peugeot rojo brillantísimo.


Coche. Todos tienen coche menos yo y todo lo que hay en este barrio es cuesta arriba. O cuesta abajo —según se mire—. Si no hay coche, no hay vida. Y yo no tengo coche, ni guagua. Porque mi casa está muy lejos. Y no hay guagua que atraviese la inmensa distancia entre el resto del mundo y yo.


*


En este recóndito lugar del planeta lo que más abundan son las nubes. No cualquier tipo de nubes. Mi pueblo, mi barrio —mi barrio y los de al lado— son famosos por la panza de burro: una cubierta de nubes medio blanca y gris que se posa sobre los tejados de las casas y permanece inmóvil, impasible, durante horas, días, semanas. La panza de burro es un fenómeno particular de las Canarias y de algunas zonas de Sudamérica (Costa del Perú y la costa norte de Chile) que, en el archipiélago, se produce gracias a —o por culpa de— la acción de los vientos Alisios. Los famosos Alisios soplan desde el noroeste y empujan a las nubes contra las laderas, formando, así, acumulaciones de nubes hasta más o menos los 1.500 metros de altitud.


La relación entre las personas y la panza de burro es extraña. Por alguna razón la gente de aquí piensa que la panza de burro se va a ir en cualquier momento y que se va a poder ver el Teide y el cielo azul, azul, y el sol caliente. Desde mi casa el volcán se ve enterito, pero muy pocas veces es posible hacerlo, solo cuando la panza se marcha. Y la panza siempre permanece.


"Desde mi casa". Me atrevo a decir "mi casa", como si este sitio me perteneciera.


*


Vengo de tomarme un agua de frutas con una amiga del colegio. Nos la tomamos en el parque de El Drago: un recinto todo pensado para acoger una planta —un drago, El Drago— que es famosa por tener miles de años pero que, en realidad, tiene solo 800. El Drago-milenario-que-en-realidad-no-es-milenario fue declarado Monumento Nacional a principios del XX y es uno de los símbolos más usados y escachados de las ocho —ocho—  islas canarias y el emblema de mi pueblo. A mí nunca me importó El Drago cuando era pequeña. Por alguna razón me generaba rechazo, me atrevo a decir que una especie de asco. Nunca me importó su tronco. Ni su porte arbóreo perteneciente al grupo de las monocotiledoneas que posee un crecimiento secundario anómalo [Wikipedia dixit]. Ni su altura de 18 metros. Ni sus más de trescientas ramas principales. Ni sus flores. Ni su parque. Mucho menos su parque.


Antes, mucho antes, los coches pasaban alrededor del Drago. Después, el Ayuntamiento mandó a construir un muro enorme para protegerlo, que impide que la gente pueda ver la planta gigantesca desde la calle, aunque sí es posible verlo desde la Plaza de San Marcos, que es la más importante del centro histórico. Hace años nunca se me habría ocurrido ir a tomarme algo a El parque del Drago. Es difícil comprender el deseo ajeno de turistear lo propio. Pero ahora que me soy ajena, pienso en algo que dice Martín Caparrós: que el exotismo es una condición de la mirada. Y, ahora, lejos de casa, veo mi pueblo, mi propia vida pasada, como un lugar exótico.


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Hay un mito que por fin rompí después de todo este tiempo viviendo fuera y volviendo a casa como una turista: en Canarias no hace sol. A fuerza de creerme las campañas turísticas de la instituciones, de las compañías aéreas, de la tele canaria, de mi propio padre y, sobre todo, las frases que todo el mundo te regala cuando dices que eres de aquí —ay, en Canarias siempre hace bueno; ay, en Canarias siempre puedes ir a la playa; ay, tú no sabes lo que es el frío; ay, tú no sabes lo que es la lluvia—, me creí toda la vida que vivía en un sitio continuamente soleado. Llevando cholas y pantalones cortos cuando llueve. Pero en Canarias no hace sol. O, bueno, más bien en mi casa no hace sol, que es mi Canarias particular.


A veces, al atardecer, como en esta tarde de agosto, la panza de burro da una tregua y una luz tan roja y tan nueva, como un bebé recién nacido, se asoma por detrás detrás de la montaña del barrio de El Amparo y, entonces, pienso que todo este tiempo fuera de casa fue solo un rato.


*


Para encontrar el sol, el mito del sol canario hecho realidad, es necesario dirigirse hacia el sur de la isla. Yo, por desgracia —o fortuna, porque no tengo que soportar el escaparate turístico sureño—, nací en el norte, o lo que la gente considera el norte, porque, en realidad, es más bien el noroeste —sí, noroeste, de donde soplan los Alisios—. A la gente del norte de mi isla nos llaman magos, magas. Una persona maga no es una que hace magia, ni un personaje de una novela de Cortázar, sino alguien que vive en el campo. Y, normalmente, es un término que se suele utilizar para decir que un persona, además de proceder del campo, es bruta, no tiene cultura y, sobre todo, grita.


Ir al sur de la isla para las personas del norte es como para la gente de la Península cambiar de comunidad. No pagamos peaje, tampoco recorremos tanta distancia, pero las carreteras son pesadas y tardamos mucho más de lo que parece, el viaje es cansado y experimentamos muchos cambios de temperatura —microclimas—.


El paseo del día de hoy me lleva hasta el municipio de Adeje, en el sur de la isla. Adeje es el cuarto municipio más poblado de Tenerife y el que cuenta con el conjunto de viviendas más caras de todo el archipiélago —las de la calle Londres—. Lo que empezó siendo un pueblito pequeño al lado de una montaña, se ha convertido en uno de los destinos turísticos más frecuentados de toda Europa, en un gran monstruo de playa y sol, equipado con toneladas de flotadores con forma de delfín o de flamenco, toallas con el dibujo de billetes de 500 euros, sombrillas voladoras, mojitos que llevan azúcar blanca y fanta de limón, centros comerciales con bares de tapas madrileñas, centros comerciales con bares de cervezas irlandesas, alemanas, belgas, gente, gente muy blanca que ahora es muy roja, gente, mucha gente, gente quemada como pimientos a la brasa.


Salvo por algunos detalles, muchas calles de este sitio podrían estar igualmente situadas en, por ejemplo, Torrevieja, Alicante.


Estoy en la playa La Caleta, una de las más importantes del municipio. La cala tiene una zona chill out, con música en directo y sombrillas hechas de palmeras. En ella, aterrizan algunos parapentes y algunas sombrillas voladoras emprenden su viaje. Justo hace un rato un turista que iba acompañado de su parapentista cayó y el viento lo arrastró por las piedritas de la playa hasta dejarle todas las piernas y los codos y las manos raspados y llenos de heridas. Se levantó con dignidad. Rojo como un cangrejo, quemado y con sangre. Y caminó, como si nadie hubiese visto la escena. Me pregunto cómo tiene que ser pagar 100 euros por arrastraste contra la arena volcánica de una playa.


Suena la música. Un grupo de versiones toca una de Bob Marley: I don’t wanna wait in vain for your love… El sol desciende a lo lejos, aunque aún no es tarde. Un barco plagado de personas como hormiguitas en el horizonte, se desliza. Hombres enormes como armarios se reúnen delante del socavón que se forma en la orilla del mar, porque el mar arrastra la arena y crea un acantilado enorme. La gente entra en el agua y automáticamente se hace chiquitita. Es como si el mar les cortase las piernas.


Los hombres enormes comparten opiniones, se observan los pechos rasurados, los pezones duros como tachas, las venas hinchadas, los bañadores recortados de colores flúor. Sonríen. Pegan el mentón al cuello, se agarran los brazos. Parece que el crossfit da buenos resultados.

Regreso por la carretera de toda la vida. Paso por Santiago del Teide, que es un sitio extremo: extremadamente caliente en verano, extremadamente frío en invierno. Viene la carretera de curvas, curvas, curvas, curvas, de náusea inevitable. De esta carretera se dice que le pusieron una tiza blanca en el rabo a un lagarto y marcó por dónde tenía que abrirse el camino.

Cruzo el pueblo del Tanque, tan afectado por la niebla, que parece un pueblo inglés. Debajo del cartel Bar Cafetería Cristi un hombre —al que apenas puedo distinguir— espera sentado. Observa los coches pasar. Se preguntará a dónde va la gente, de dónde viene. Y los coches pasan a su lado, poco a poco, como las gotas de un grifo roto. Las farolas ya están encendidas y flotan en la bruma como si se hubiesen perdido, no por no estar en el sitio adecuado, sino perdidas en la vida. Farolas preguntándose qué hacer en las horas muertas.


*


Cientos y cientos de fresas debajo del sol desprenden un hedor a fruta fermentada. 200 kilos de cebollas, lechugas, rúcula. Millo, millo, millo, millo, millo, millo. Sopa de millo, millo con papas y mojo. Millo con cebollas. Cebollas. Olor a cebollas. Fresas. Jugo de fresa. Mermelada de fresa. Higos escachados contra el suelo. Todos los días fresas, millo, papas, cebollas. Todos los días desayuno fresas y almuerzo papas y millo. En la huerta de mi casa hay exceso de millo y fresas y cebollas.


Esta mañana el cielo amaneció despejado y mi abuela hizo ristras de cebollas. De nuevo, desayuné tostadas con mermelada de fresa y jugo de fresa. Mi relación con las fresas es como la de Bubba, el personaje de Forrest Gump, con las gambas.


*


Hace un año que mi madre no se baña en el mar. Tiene muy claro que el agua salada no se va a ir corriendo a ninguna parte. Vamos a la Punta de Teno, uno de mis lugares preferidos del mundo. De pequeña siempre pensaba cómo tenía que ser bañarse mientras llovía muy fuerte. Estoy en el agua. Me sumerjo, respiro, me sumerjo, respiro. Meto los pies en la arena negra del fondo de la playa. Respiro una vez más.


—Qué nubes más raras estas —dice mi madre en la carretera de vuelta a casa a través de la Isla Baja— Son como densas.


—Esto son pa calor —le contesta mi padre.


Acto seguido, unas gotas enormes, como del tamaño de una cuchara de café, comienzan a golpear el cristal del coche. Yo voy en el asiento de atrás, como guiada. Cuando vuelvo a casa todo depende de lo que los demás quieran hacer conmigo. Escucho la lluvia pelearse contra el vidrio. Escucho las conversaciones de mis padres como si fueran personas desconocidas. Haga lo que haga, soy extranjera. Ellos lo saben, yo lo sé.


Son las ocho de la tarde del penúltimo día antes de volver a Madrid. Llegamos a casa y mi padre aparca el coche delante del portón de madera. Al mirar hacia la costa se puede ver el mar de nubes —que no es más que la panza de burro vista desde arriba— por encima del centro de Icod. Es muy probable que en el pueblo esté lloviendo pero aquí hace un sol muy fuerte, un sol que intenta despedirse del día sacrificándose por calentar como si de verdad fuese agosto.


—¿No dicen que donde se posa la panza de burro la gente es bruta? Pues mira a ver ahora quién es más bruto…— dice mi padre.


Un gato negro y blanco se despereza sobre el tejado de al lado: el de mi abuela. La madera y las tejas son ya antiguas y envejecen las paredes. A veces se desconchan y, debajo del blanco de la cal, se puede ver el cemento, el bloque impúdico, despreocupado, sin ropa. En las paredes exteriores, en las esquinas de dentro de los cuartos, aumentan las manchas de humedad, la pintura se ennegrece, la madera de las puertas se cuartea, pero a nadie parece preocuparle. Las pieles, como la pintura, también se vuelven viejas. Veo cómo se arrugan las comisuras de las bocas, cómo se achican los límites de los ojos.



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